8 Mitos | Enfermedades cardiovasculares
- 4 jun 2025
Las enfermedades cardiovasculares (ECV) comprenden un conjunto de trastornos que afectan al corazón y a los vasos sanguíneos. Entre ellas se incluyen la cardiopatía coronaria (como el infarto de miocardio), la enfermedad cerebrovascular (como el accidente cerebrovascular), la enfermedad arterial periférica (como la aterosclerosis, que se caracteriza por el endurecimiento de las paredes de los vasos sanguíneos) y las afecciones relacionadas con la aorta como el aneurisma aórtico. Estas patologías pueden desarrollarse de manera silenciosa durante años y manifestarse repentinamente con eventos clínicos graves como infartos, es decir, muerte de un tejido del corazón por falta de oxígeno o embolias: obstrucción de vasos sanguíneos.
Una de las características que hace especialmente complejas a estas enfermedades es su desarrollo silencioso. Por ejemplo, la aterosclerosis una de las causas más comunes de ECV puede comenzar desde edades tempranas con la formación de placas de grasa en las arterias, y evolucionar durante décadas sin causar síntomas hasta que se produce un evento agudo como un infarto.
Epidemiología en México
Las enfermedades cardiovasculares constituyen la primera causa de muerte, con una carga creciente sobre el sistema de salud pública.
Según datos de la Secretaría de Salud, en 2021 se registraron cerca de 220 mil muertes atribuibles a enfermedades del corazón, de las cuales 177 mil fueron provocadas por infarto agudo al miocardio, una de las manifestaciones más graves de la cardiopatía isquémica.
A pesar de que las enfermedades del corazón se asocian comúnmente con personas mayores de 65 años, también se han reportado casos de infarto y otras condiciones cardiovasculares graves en adultos jóvenes de entre 30 y 35 años. Esto pone en evidencia la necesidad de comenzar con la prevención desde edades tempranas.
A nivel estructural, se estima que aproximadamente un millón cien mil personas mueren anualmente en México por diversas causas, y el 20% de esas defunciones corresponde a problemas cardiovasculares. Esta carga sanitaria es similar entre hombres y mujeres, aunque ciertas condiciones, como la apoplejía, mejor conocido como accidente cerebrovascular, o la estenosis aórtica (enfermedad en la que la válvula aórtica del corazón se estrecha y dificulta el paso de la sangre), presentan una mayor prevalencia en mujeres.
Frente a este panorama, expertos del Instituto Nacional de Cardiología han reiterado la importancia de adoptar estilos de vida saludables, seguimiento médico continuo y programas de rehabilitación cardiaca, especialmente para quienes han sufrido infartos y buscan reincorporarse a su vida cotidiana.
8 Mitos de las enfermedades cardiovasculares
Mito 01: Los jóvenes no tienen enfermedades cardiovasculares
Falso. Aunque las ECV son más frecuentes en adultos mayores, también se presentan en personas jóvenes. En México, como se mencionaba anteriormente, se han documentado casos de infarto agudo al miocardio en personas entre 30 y 35 años, lo que demuestra que factores como obesidad, tabaquismo y sedentarismo comienzan a impactar desde etapas tempranas de la vida. La aterosclerosis, por ejemplo, puede iniciar desde la adolescencia con la acumulación de grasa en las arterias. Es importante remarcar que, a pesar de ser un niño o adolescente, no se puede comer de todo en cantidades exageradas creyendo que no nos sucederá nada, porque la realidad es otra. Por eso es importante fomentar una vida saludable desde temprana edad.
Mito 02: La hipertensión siempre da síntomas desde el inicio
Falso. La hipertensión puede estar activa en la vida de una persona sin presentar síntomas visibles. Esta falta de señales claras hace que sea común que la enfermedad avance sin diagnóstico ni tratamiento, aumentando el riesgo de infarto, insuficiencia renal o accidente cerebrovascular.
Mito 03: La diabetes no afecta el corazón
Falso. La diabetes está estrechamente ligada a las enfermedades cardiovasculares. Aunque los medicamentos ayudan a controlar la glucosa, los pacientes diabéticos tienen un riesgo elevado de padecer infartos o eventos cerebrovasculares, ya que comparten factores de riesgo como hipertensión, colesterol elevado e inflamación vascular crónica.
Mito 04: Que el corazón lata rápido es signo de ataque cardiaco
No necesariamente. La taquicardia (término médico utilizado para referirse al latido rápido del corazón) puede deberse a ejercicio, ansiedad o incluso emociones intensas. Sin embargo, también puede indicar arritmias, que son trastornos en el ritmo del corazón. Algunas arritmias son benignas, pero otras pueden comprometer la función cardiaca y requerir tratamiento especializado.
Mito 05: Comer grasa no afecta al corazón
Falso. Una dieta alta en grasas saturadas y trans, como las frituras, las hamburguesas o las pizzas, contribuye a la acumulación de colesterol en las arterias, lo que acelera la formación de placas ateroscleróticas y aumenta el riesgo de infarto y otras ECV. Si bien el cuerpo necesita grasas saludables (como las monoinsaturadas), usualmente presente en frutos secos (almendras, nueces, chía) o el aguacate, el abuso de grasas dañinas es uno de los principales factores modificables en la prevención cardiovascular.
Mito 06: El ataque cardiaco siempre trae dolor de pecho
Falso. Aunque el dolor torácico es un síntoma clásico, no todos los infartos se presentan igual. Algunas personas, especialmente mujeres, pueden experimentar síntomas atípicos. Estos signos pueden pasar desapercibidos si no se reconocen a tiempo.
Mito 07: Las enfermedades cardiacas son más propensas en los hombres
Falso. Las mujeres tienen un riesgo similar al de los hombres de padecer enfermedades cardiovasculares. De hecho, algunas condiciones específicas del sexo femenino, como la preeclampsia (elevación de la presión arterial durante el embarazo acompañada de afectación de riñones o hígado), la menopausia prematura y otros trastornos hipertensivos del embarazo, aumentan su riesgo de forma significativa. En México, las enfermedades cerebrovasculares y coronarias también afectan a muchas mujeres, lo cual desmiente la idea de que estas patologías son exclusivas del género masculino.
Mito 08: La salud mental contribuye a las enfermedades cardiacas
Falso. El estrés crónico, la ansiedad y la depresión son factores de riesgo indirectos para el desarrollo de ECV. Estas condiciones pueden provocar malos hábitos como el tabaquismo, el sedentarismo o la mala alimentación, además de elevar hormonas como el cortisol, que afectan la presión arterial y el estado del sistema vascular. Cuidar la salud emocional es también una forma de proteger el corazón.
Prevención
La prevención de las enfermedades cardiovasculares (ECV) es una estrategia fundamental en salud pública, ya que estas afecciones representan una de las principales causas de muerte y discapacidad. Afortunadamente, muchas de ellas pueden evitarse mediante cambios en el estilo de vida, intervenciones médicas oportunas y educación sobre los factores de riesgo.
Las acciones preventivas se clasifican en dos grandes categorías: prevención primaria y prevención secundaria. La prevención primaria tiene como objetivo evitar la aparición de enfermedades en personas sanas, mientras que la prevención secundaria busca impedir la progresión o recurrencia en personas que ya presentan alguna patología cardiovascular diagnosticada.
Estilo de vida saludable: la primera línea de defensa
La adopción de un estilo de vida saludable es la piedra angular de la prevención cardiovascular. A continuación, mencionaremos algunas recomendaciones para prevenir este tipo de enfermedades:
Realizar ejercicio: realizar actividad física al menos 150 minutos a la semana, reduce de forma significativa el riesgo de infarto y otras complicaciones cardiovasculares. Actividad física aeróbica de intensidad moderada, combinada con ejercicios de fuerza, son una gran opción, es importante que lo consultes con tu médico, para evitar cualquier problema que pueda causar hacer ejercicio de forma repentina. La actividad física no solo controla el peso corporal, sino que mejora los niveles de colesterol, regula la presión arterial y optimiza la sensibilidad a la insulina.
Alimentación saludable: se recomienda seguir un patrón dietético rico en vegetales, frutas, cereales integrales, legumbres, grasas saludables (como las del aguacate, el aceite de oliva y los frutos secos) y pescado azul. A su vez, es necesario limitar el consumo de azúcares añadidos, sodio, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados, todos relacionados con el desarrollo de hipertensión, dislipidemia y obesidad. Recuerda que es importante que te asesores con un médico nutricionista o un nutriólogo para mejores resultados y un monitoreo correcto.
Control de factores de riesgo: la hipertensión arterial, la dislipidemia, la diabetes mellitus y el tabaquismo requieren de control para reducir la incidencia de eventos cardiovasculares. La presión arterial elevada, incluso sin síntomas, daña silenciosamente el corazón, el cerebro y los riñones. Su control mediante tratamiento médico, cambios en la dieta y ejercicio puede disminuir notablemente el riesgo cardiovascular.
Del mismo modo, el abandono del tabaco tiene beneficios inmediatos y a largo plazo para la salud cardiovascular. Fumar endurece las arterias, favorece la formación de placas y reduce la capacidad del organismo para transportar oxígeno de manera eficiente. Dejar de fumar puede reducir hasta en un 50% el riesgo de enfermedad coronaria al cabo de un año.
Seguimiento médico y pruebas periódicas: realizar revisiones médicas regulares permite detectar a tiempo anomalías en los niveles de colesterol, glucosa o presión arterial. La American Heart Association recomienda medir el colesterol cada cinco años a partir de los 20 años, o antes si existe historial familiar de enfermedad cardíaca. Algunas de las pruebas son:
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Perfil lipídico (o perfil de lípidos): evalúa los niveles de colesterol total, HDL (colesterol "bueno"), LDL (colesterol "malo") y Triglicéridos. Es esencial para estimar el riesgo de aterosclerosis y enfermedad coronaria.
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Glucosa en suero: mide el nivel de glucosa en la sangre después de al menos 8 horas de ayuno. Permite detectar alteraciones en el metabolismo de los carbohidratos, lo que puede indicar prediabetes o diabetes, condiciones que aumentan significativamente el riesgo cardiovascular.
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Hemoglobina glicosilada (HbA1c): indica el promedio de glucosa en los últimos 2-3 meses. Útil para diagnosticar y monitorear la diabetes mellitus tipo 2.
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Creatinina y tasa de filtración glomerular (TFG): evalúan la función renal. La enfermedad renal crónica está asociada con un mayor riesgo cardiovascular.
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Homocisteína: un aminoácido que, en concentraciones elevadas, puede dañar las arterias y contribuir a la formación de placas.
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Ácido úrico: aunque se asocia más con la gota, niveles altos pueden tener un papel en el desarrollo de hipertensión y enfermedad cardiovascular.
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Perfil tiroideo (TSH, T3, T4): Las alteraciones tiroideas pueden afectar el metabolismo de lípidos y la presión arterial.
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Microalbuminuria: detecta pequeñas cantidades de albúmina en la orina. Es un marcador temprano de daño vascular y predice enfermedades renales, especialmente en personas con diabetes o hipertensión.
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Electrolitos séricos (sodio, potasio, calcio, magnesio): alteraciones pueden afectar la función cardíaca y la actividad eléctrica del corazón.
En personas con antecedentes familiares de infarto, muerte súbita o enfermedades congénitas del corazón, el seguimiento debe ser más estricto y puede incluir pruebas de esfuerzo, ecocardiogramas o estudios genéticos si el médico lo considera pertinente.
Rehabilitación y prevención secundaria
En quienes ya han sufrido un infarto u otro evento cardiovascular, la rehabilitación cardiaca es fundamental. Esta incluye ejercicio supervisado, educación sobre hábitos saludables y control emocional.
Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo una de las principales amenazas para la salud nacional, no solo por su alta mortalidad, sino por su impacto silencioso y progresivo en personas de todas las edades.
Nadie está exento de padecer una enfermedad del corazón: ni los jóvenes, ni quienes se sienten sanos, ni aquellos que creen que los síntomas siempre serán evidentes. El conocimiento es una herramienta poderosa para prevenir, y adoptar hábitos saludables puede marcar la diferencia entre una vida con limitaciones y una con plenitud.
La prevención basada en el ejercicio, una alimentación equilibrada, el control médico oportuno y el manejo emocional no solo es posible, sino fundamental. Además, derribar falsas creencias permite a más personas tomar decisiones informadas, proteger su salud cardiovascular y la de sus seres queridos.
Comprender y actuar es el camino para tener un corazón más fuerte, una mente más consciente y una vida más saludable.
Por: Dra. Gema Nandaí Nájera Valdez
Ced. Prof. 13591084
Escuela Superior de Medicina, I.P.N.
Revisado/Modificado: junio 2025
Referencias bibliográficas
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